(c) Alois Glogar

Coje aire por la boca y retenlo.
– Vale.
– … Muy bien. Otra vez, por favor.
– …
– … Ok. ¿Y desde cuando tienes esos dolores de cabeza?
– Hace cuatro días.
– Te has tomado tu tiempo para venir, ¿eh? No deberías haber esperado tanto. Creo que tienes una neumonía que ya te ha afectado bastante a los pulmones. Por eso sientes que estás tan cansado. Tienes reducida la capacidad pulmonar. Te vas a quedar, con nosotros, al menos hasta que tenga los resultados de tus análisis de sangre y orina. ¿Vale?
– De acuerdo.
– Voy a encargarte alguna prueba más. Las enfermeras te irán informando y cuando tenga los resultados vendré a contarte qué hacemos. Ahora te voy a poner un antibiótico y algo para la jaqueca. Si en una hora no estás mejor nos avisas y te ponemos algo más fuerte.

Me quedo solo, mirando el techo, con una enfermera de verde que entra y pregunta si soy alérgico o si me mareo con las agujas, antes de ponerme una vía y asegurarla con un vendaje elástico. 

Si en una hora no estás mejor avisa y te ponemos algo más fuerte, ¿de acuerdo?

Asiento mientras noto que las paredes de mi cráneo amenazan con resquebrajarse. De repente tiene nombre el malestar de estos últimos días: neumonía. 

Y con el nombre parecen acentuarse los efectos de los síntomas. La maldición del conocimiento. Me cuesta, aún más, respirar, la jaqueca se hace más intensa, el cansancio se incrementa…

Cierro los ojos y espero. Lo que hay en el gotero debería de empezar a hacer efecto en no mucho tiempo. Quizás consiga dormir. Pero se abren las puertas del box 4, el mío. Oigo mi nombre, debo haber dicho que sí, que soy yo. Porque una mujer, vestida de amarillo, se pone a armar las barandillas de la cama. La última no quiere quedarse en su sitio. Instintivamente la sujeto con la mano. 

De eso nada señor, si la sujeta usted corre el peligro de golpearse contra los quicios, que estas camas van muy justas. Y eso si que no. Usted no está aquí para hacerse daño, esta para que que le curemos. 

Me sonríe, le faltan dientes. Pero parece sincera en querer que este bien. Al menos es lo que quiero creer en ese momento. Debe ser una celadora. Me empuja hasta la puerta de rayos y se marcha. Me recoge un compañero, coloca la cama debajo de la máquina, me ponen algo parecido a un panel detrás de la espalda y de nuevo…

Coge todo el aire que puedas por la boca.
– …
– ¿No puedes más?
– … No, lo siento…

Toso. Latigazo a lo largo del cráneo. Intento no quejarme. Da igual, se nota.

No pasa nada, todo el que puedas y retenlo… Ya está.

Vuelve la celadora, agarra la cama y me saca al pasillo. Pero pasamos de largo mi box. De hecho hay otra persona. Querría preguntarle dónde vamos pero cada vez que intento hablar me quedo sin aire. 

Llegamos a una zona en la que hay más camas con pacientes, separados por unas cortinas que ninguno de los familiares que acompañan a los enfermos acaban de correr. Me coloca en la esquina, junto al pasillo. Habla con otra chica vestida de azul claro, luego sabré que es enfermera.

Del box 4. Te lo dejo aquí en amarillos 21, ¿vale?
– Perfecto, controlado.

Me quedo solo, pasan unos minutos. Espero. Doy por hecho que alguien vendrá. No se muy bien a que. Pero alguien se acercará. Siguen pasando los minutos. No me atrevo a moverme demasiado. Hacerlo se traduce en más ahogo y más presión en mi cabeza. Me concentro en la respiración, en darle ritmo. En no acelerarla. En controlar esa sensación que se parece tanto al miedo. Miro el techo, los goteros…

Debería hacer una foto.

Me han dejado el móvil, junto a la mano. Lo cojo, lo desbloqueo, abro la cámara pero intentar enfocar la mirada me recuerda que tengo un martillo pilón en la cabeza. Lo dejo estar. 

La conversación de la cama de enfrente me saca del sopor. Han dejado la mía con la parte superior semi incorporada para ayudarme a respirar, así que les veo. La enferma es una mujer, la acompaña su marido, creo. Él habla por teléfono con alguien. Lo hace entre susurros. No quiere molestar. Debería ir a otro pasillo, pero tampoco quiere soltar la mano de su mujer.

Se puso a decir cosas sin sentido, como si no pensara lo que decía. Y no paraba de sacar la lengua, como si fuera un tic… Sí, un ictus… No lo se. Aun estamos esperando.

Se da cuenta de que le estoy mirando y se queda callado, señala su teléfono. Hace amago de colgar. Pero le digo que no con la cabeza y le sonrío. Habla con familiares. Estarán preocupados. Vuelvo a mirar al techo. Ahí siguen los goteros. 

Si me hacen efecto los analgésicos haré la foto.

Empiezo a sentir la necesidad de ir al baño. Por suerte una enfermera sale del fondo del grupo de camas que estamos ahí. Le pido que me baje las barreras de la cama y le pregunto dónde está el baño. 

Siga por este pasillo, a 30 metros está el mostrador de control. Justo enfrente. ¿Quiere que le ayude?
– No, gracias. Creo que podré.
– De acuerdo. Le pongo estos calcetines para que no se enfríe.

Me pone unos calcetines desechables. Bajo de la cama. Y empiezo a caminar. Tres pasos para darme cuenta de que debería de haber aceptado la ayuda. Pero ya no hay nadie por ahí. Me agarro al pie, con ruedas, de los goteros y sigo. Los 30 metros más largos de mi vida. Paso, paso, descanso para tomar aliento. Paso, paso, descanso para tomar aliento… Y el mostrador de control que no parece acercarse. Al final llego. Con el pecho a punto de explotar e intentando disimular, no se porqué, que casi no puedo respirar. Entro, orino, apago la luz y salgo. Me encuentro con otro paciente agarrado al pie de sus goteros. 

Lo siento te he apagado la luz.

Doy un paso atrás y la vuelvo a encender. Trago saliva. No estoy para excesos. 

Gracias, si te esperas te acompaño de vuelta. Que he visto que te ha costado llegar.

Nos miramos. Dos tipos jadeantes, con un pijama de hospital que nos queda enorme, agarrados a sus pies de gotero, en la puerta del baño de urgencias, ofreciéndose ayuda… si no estuviera seguro de que me iba a dar tos (y otro latigazo en el cráneo) me hubiera reído. Me conformo con esbozar una sonrisa. Él debe sentirse tan ridículo como yo porque sonríe igual. 

No hace falta; pero gracias.

Él entra y yo inicio el camino de vuelta. Tan despacio como el de ida y con la certeza de que me va a alcanzar. No lo hace. Aunque me queda la sospecha de que espera en la puerta del baño hasta que me ve junto a mi cama. 

Minutos, u horas, después, entrar y salir del sopor de la medicación me ha hecho perder la noción del tiempo, llega mi mujer. Con ella cerca siento que me puedo relajar. Sigue la presión en el cráneo y las dificultades para llenar los pulmones. Pero, al menos, vuelvo a sentir algo de tranquilidad. Como si su llegada hubiera sido un detonante vuelve la doctora. Me confirma la neumonía, me dice que no cuente con estar recuperado antes de, mínimo, tres semanas. Que me olvide de salir de casa, de hacer esfuerzos, de agobiarme con nada, de viajar (acabo de palmar en ese momento tres billetes de avión) y del alcohol… 

¿Qué tal esa jaqueca?
– Igual, no ha mejorado nada.
– ¿Cero?
– Cero…
– Muy bien. Ahora te mando una enfermera con algo más fuerte a ver si la quitamos así.

En cinco minutos está la enfermera. Creo entender que es Enantyum lo que hay en el gotero. Cierro los ojos. Quiero dormir. Que deje de dolerme la cabeza y no tener que estar pendiente de que se me acelere la respiración para no ahogarme.

Pero no lo consigo. No estoy acostumbrado a estar acostado tantas horas. Me duele la espalda y siento las piernas como si fueran de cartón. Me conformaría con encontrar una postura en la que nada me doliera mucho. Pero tampoco soy capaz. Duele la cabeza, o la espalda, o las piernas, o el estómago agotado por las contracciones de los ataques de tos… me doy cuenta de que sigo agarrado a la mano de mi mujer. Y la estoy apretando, sorprendentemente, mucho. No se queja. Pero le estoy haciendo daño. La suelto con la excusa de cambiar de postura. En medio de la bruma que el dolor, la falta de oxígeno y la medicación han instalado en mi cabeza asoma la calidez de la compañía. Por un instante vuelvo a sentirme bien. 

Cuando vuelvo a abrir los ojos me doy cuenta que han pasado horas. Debo haber conseguido dormir. El nuevo gotero ha hecho su trabajo. La jaqueca se ha transformado en un simple dolor de cabeza que, a estas alturas, es casi un alivio. 

Me hablan. Me he vuelto a quedar dormido, no sé cuánto. Es mi doctora. Tengo que quedarme hasta que estén seguros de que salir a la calle no va a empeorarlo todo. Le digo que me encuentro mejor. Mira, sin decir nada, a los goteros. Estoy drogado no mejor. Siento algo parecido a la vergüenza.

No te preocupes, con todo lo que te hemos metido lo raro es que seas capaz de entender lo que te digo.

Mi trabajo me ha acabado dotando de una buena capacidad para saber cuando me mienten. Lo acaba de hacer. Pero consigue que no me sienta mal.

Voy a pedirte cena. Intenta comer, lo necesitas.
– Lo intentaré.

Se va. Le he contestado como un niño pequeño a una profesora que le impresiona. Mi mujer sonríe. No es fácil verme así. No puedo evitar sonreír yo también. Miro el gotero y pienso que quizás sí esté drogado. 

El tiempo se vuelve extraño aquí. No se muy bien las horas que han pasado. Las atravieso dormitando. Viendo lo que me rodea sin estar seguro de si lo sueño. Uso los cambios de gotero para hacerme una idea de las horas que llevo allí. Duran tres. Pero después de unos cuántos me doy cuenta de que algunos los han cambiado mientras dormía. Pero cuando tu mayor preocupación es llevar aire a los pulmones todo lo demás se relativiza. Las horas acumuladas también. Cierro los ojos. Pienso en deportistas a cámara lenta e intento respirar como ellos. Lento, fluido, tranquilo. 

– ¡Gracias!

Me despierto. Por un momento creo haber sido yo el que ha hablado. No. Es el marido de la mujer del ictus que tengo delante. Les veo sonreír a los dos. Ella tiene cogidas las manos de un médico insultantemente joven. El doctor está, a todas luces incómodo, pero aguanta el tirón con otra sonrisa. 

– Ahora, sin prisa, ya se puede vestir e irse a casa. Vida normal, con las indicaciones que les acabo de dar, y el mañana, cuando venga, le explico la rehabilitación. 

El marido mira al médico con una pregunta en los labios. Pero no habla. Como si  tuviese miedo de que si verbaliza lo que piensa sea una invocación que lo haga realidad. 

– No debería quedar ninguna secuela. Habrá que trabajar duro en la rehabilitación, pero tendríamos que llegar a estar como antes.

El hombre sonríe y parece deshincharse. La esperanza ha sido la medicina que el doctor que ha atendido a su mujer tenía para el. Y ha funcionado. Pero veo las dudas del médico. Me digo, me insisto, que las dudas no son certeza. Se despiden. Él corre las cortinas. Cuando se vuelven a abrir ella ya está vestida. Cojea, agarrada a su marido, hasta el pasillo. Se marchan a casa. Casi se puede ver brillar su felicidad y su alivio. Se paran. Se dan la vuelta. Encuentro sus ojos. 

– ¡Mucho ánimo! Y póngase bueno rápido. ¡Suerte!

No se que decir. Sonrío. Levanto la mano para despedirme.

– Fuerza para la rehabilitación.

No estoy seguro de si me han oído. Ha sido un susurro más que una voz. Pero los dos asienten y sonríen. Último saludo y adiós. No nos conocíamos y no nos volveremos a ver. Pero, durante unas horas, hemos sido compañeros en una trinchera. No hemos peleado ni nos han disparado. Pero hemos tenido miedo. Y nos hemos reconocido en la debilidad.

Ellos vuelven a casa. Yo me quedo. Pero no siento envidia. Querría ser yo el que caminara hacia la salida. Pero me alegro. Como te alegras de la suerte de la gente que te es cercana. Me acuerdo de una serie que vi hace muchos años: “Band of Brothers”. Veo la exageración de mi recuerdo. Vuelvo a mirar el gotero.

– Estoy drogado. 

Espero haberlo pensado. Pero no estoy seguro de no haber levantado la voz. Hago un esfuerzo por evitar la risa. Me está volviendo a doler la cabeza. Se anula la diversión. Cierro los ojos y espero que el cambio de gotero esté cercano.

– Aún no le he hecho una foto. 

Oigo llorar a alguien. Creía que era un sueño. Pero no. Abro los ojos. Miro el gotero. Las bolsas vuelven a estar llenas y mi cabeza tranquila. Busco el origen del llanto. Veo una mujer a los pies de mi cama. Mira hacia el interior del pasillo que forman el resto. No es ruidosa, llora con contención, queriendo tranquilizarse y, al tiempo, que no se le note. Aparece una silla de ruedas empujada por un celador. Reconozco al que la ocupa. Nos habíamos cruzado en el baño. Me incorporo. Él parece tranquilo.

– ¿Que ha pasado?
– Me tienen que operar ya. Parece que no podemos esperar a mañana.
– ¿Cómo estás tú?
– De puta madre. ¿Estarás aquí cuando vuelva?

Suelta una carcajada. Realmente le ha hecho gracia lo que ha dicho. Su mujer sonríe por encima de las lágrimas. El celador parece esperar a que la situación se resuelva con algún giro… como si estuviera en el teatro. 

– Yo no me voy a mover, no te preocupes. Aquí te espero. Te guardo el sitio.
– Del quirófano vas a la UCI.

Su mujer nos ha devuelto a la realidad.

– Entonces iré a verte.
– Te diré donde está.

Nos miramos desde el fondo de la trinchera.

– Mucho ánimo. Eso es solo un rato.
– Te estaré esperando.
– Cuenta con ello.

Se lo llevan. Me vuelvo a quedar. No se muy bien que ha pasado. Nos hemos comportado como viejos amigos. Y tan solo hace unas horas (quizás algo más de un día; pero no soy capaz de precisarlo) que nos hemos conocido en el baño del pasillo del hospital. Pero he sentido que todo era sincero. Ahora estoy preocupado y no se ni como se llama.

– Estoy drogado… lo sobredimensiono todo…

Me siento casi liberado de la jaqueca. La prensa hidráulica ha dejado paso a un sombrero apretado. Cierro los ojos. Quiero volverme a dormir. Dejo que se mezclen pensamientos. Me dejo llevar.

– Está en planta. Todo ha salido bien. Dile a tu marido que está en la 412 y que ha preguntado por cómo se encuentra. 

Es la mujer que lloraba. ¿Cuántas horas han pasado de eso? Le dice a mi mujer, creyéndome dormido, donde está su marido. Hasta en la desgracia puede haber belleza.

“Todo ha salido bien”…

Sonrío.

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Liz
Invitado
Liz

Cosas así veo todos los días en el hospital donde trabajo. Sin el personal de apoyo(celadores), enfermeras, el personal del servicio de farmacia y los médicos no seria posible avanzar en la salud, aunque la mayoria de la gente dice que todo va lento. Los box de los hospitales han visto sonrisas más sinceras que millones de iglesias. En la desgracia y sufrimiento somos capaces de alegrarnos los unos por los otros cuando algo sale bien, aún con la espinilla de «me gustaria estar en su lugar e irme a casa». Me alegro que estes mejor y que siga así.… Leer más »

Blanca Ninwen
Invitado

Han venido de visita la madre y la hermana de mi chico, me preguntaban por qué estaba tan inmersa con el teléfono cuando nunca es así. Te estaba leyendo.
Paso a paso. Caminando contigo por esas salas, en esa camilla, viendo a los seres a veces poco identificables, borrosos.
Describes como poca gente sabe hacer, llegando a esos rincones de la costura interna de los bolsillos.
Gracias por compartir algo tan intenso, doloroso y real.
Quiero poder achucharte, ya hace demasiado tiempo. Pero lo bueno se hace esperar y, sea cuando sea, será un pedacito de magia ansiada.

Manue
Invitado
Manue

Muy buen relato, me alegro que todo haya pasado, en las redes pasa un poco como en los hospitales es más fácil empatizar en las duros momentos, aunque no se conozca de nada al interlocutor. Suerte.

Mónica Vilá
Invitado

Hola, acabo de leer tu relato y me enganchó bastante. Es de esos relatos en donde no pasa nada, pero pasa de todo en realidad. Estudié literatura y luego fotografía y de vez en cuando escribo. Por otro lado, he estado de cuando en cuando hospitalizada, entonces por todo eso me relacioné bastante con lo que escribías. Además, sentí que lograbas generar una atmósfera muy particular de los hospitales y el estar convalesciente, producto de tu sensibilidad en general y una puntalmente visual. Espero estés mejor, un abrazo fuerte desde Bogotá.

Rubén
Invitado
Rubén

Hola!

He sentido que estaba allí, en urgencias, nunca me ha pasado como protagonista pero si como acompañante, y me ha resultado muy realista y sincero tu relato, sin adornos. Me ha gustado como me has conducido a la situación.

Me ha agradado mucho también el homenaje que de alguna forma haces a l@s trabajador@s de la Sanidad. También reflejas ese sentimiento que nos devuelve la humanidad que a veces olvidamos, como decía Liz. Nunca sabes donde te puedes encontrar con grandes personas, y tu la hallaste en urgencias.

Enhorabuena y gracias por tu relato :)