¿Cuentan toda la verdad los reportajes fotográficos?

 

Jamaica - (c)Alois Glogar

Cuando vemos el resultado de un trabajo fotográfico en una exposición, un libro o una revista, puede gustarnos o no. Puede, incluso, hacernos reflexionar sobre el tema tratado en la serie fotográfica. Pero sobre lo que casi nunca reflexionamos es, por una parte, la influencia inconsciente que, como espectadores, hemos ejercido preventivamente en la selección final de las imágenes que estamos viendo y, por otra, sobre la premisa (tramposa la mayoría de las veces) que vertebra el concepto sobre el que se basa el trabajo fotográfico.

Sobre las premisas hablaremos en un futuro post. Ahora nos vamos a centrar, con vuestro permiso, en el tema y todo lo que le rodea.

Prácticamente ninguno de estos trabajos retrata de forma global y profunda el tema que ha pretendido tratar. Y no estoy hablando de que el fotógrafo se haya dado prisa y no haya dedicado el tiempo suficiente a su proyecto para llegar hasta el último resquicio de su idea. De lo que estoy hablando es de que, incluso dedicando años, el resultado final es “el esperado”; es decir: el que está de acuerdo con los tópicos y los clichés que la mayoría entiende que definen a priori un tema. El alcoholismo es degradante y lumpen, la prostitución humillante y extranjera, la emigración inculta y pobre, pero amable y sonriente y así mil ejemplos más. Los supuestos trabajos que aseguran ir “más allá” lo hacen, sí. Pero llevando a los extremos lo visto. No buscando y encontrando nuevas facetas de un tema ya manido.

Y antes de que alguien se enfade, también, preventivamente, dejadme aclarar que, como es lógico, no hablo del 100% de los trabajos fotográficos… Por suerte hay una lista generosa de creadores que sacuden nuestros cimientos artísticos cada vez que muestran el resultado de sus proyectos. El problema es que la lista de los que no lo hacen, pero dicen que sí, es aún mayor.

Y no estamos hablando de fotógrafos mediocres. Al menos en el aspecto técnico no suelen serlo. Y muchas veces tampoco en el artístico. El problema no está ahí. Puede que, incluso, no sean conscientes de estar metidos en un círculo vicioso que eterniza tópicos. Pero como dice el código penal: “El desconocimiento del delito no exime de la pena”. Y, queriendo, o no, han reducido su trabajo al de mero reponedor de producto fotográfico. Bien es cierto que con su mirada, pero con el mismo contenido. De la misma manera que cuando un supermercado cambia el packaging de un producto, pero mantiene, sin alteraciones, lo que hay dentro.

En cierto modo es como esos juguetes infantiles en los que hay que meter una piezas por los huecos que encajan con la forma de la pieza. Puedes hacerlo en el orden que quieras, en la habitación que quieras, en el parque a la luz del sol o en casa encerrado en un armario. Con una mano, con dos, de una en una o de dos en dos… Da igual. Siempre será el mismo contenedor y siempre serán las mismas piezas.

De lo que se trata, en general, es de ofrecer un contenido liso, reconocible, pulido, sin aristas, dentro de los parámetros aceptados y que no provoque dudas ni incertidumbres. Tal y como ya se comentó en un post anterior: contenido bello, sí. Pero muy lejos de ser sublime. Sin ninguna intención (ni posibilidad) de perturbar la “realidad” de quien mira.

La intención es, consciente o no, reafirmar esa realidad. El mensaje de esas fotografías es: “tenías razón. Los alcohólicos (putas/emigrantes/vagabundos/mendigos/refugiados…) son así. Mira estas “terribles” imágenes. Confirma tu concepto, asiente, meditabundo, ante tu acertado pronóstico. Di unas frases con intención a tus acompañantes, que sepan que frente a la desgracia conocida (y confirmada) tú te sientes afectado y conmovido…” Eso es lo que nos dice, porque eso es lo que esperamos “oír” y es lo que el fotógrafo sabe (insisto, no siempre de manera consciente) que llevará a la gente a ver su exposición. Un pacto de hipocresía mutua y recíproca.

Porque, detengámonos un instante en este punto, merece la pena. El impacto que nos generan casi todas esas fotos es social: “debemos” sentirnos impactados por el sufrimiento ajeno, ¿no? Aunque también podemos ser unos/as “badasses” y jugar nuestra carta insensible. Da igual. En los dos casos hemos seleccionado una opción del cajón de tópicos etiquetado con la pegatina: “Reacciones a manifestaciones artísticas”. Pero no es culpa nuestra totalmente. En el juego cultural de cero imaginación, 100% acatamiento de las normas, hay una respuesta asignada a cada estímulo reconocible. Y a estas imágenes. Por muchos “más allá” que tengan en el texto introductorio del comisario de turno, no son más que versiones de tratamientos anteriores del mismo tema. Como decíamos: reconocibles.

Incluso, seguro que a alguno se os ha ocurrido ya, cuando vemos estos retratos de chicas (principalmente) y chicos de belleza turbadora y ojos clarísimos (algunos sospechosamente brillantes) en entornos de pobreza. No son vueltas de tuerca a un tema. Siguen las “normas” establecidas desde hace muchísimos años por fotógrafos como Steve McCurry. Belleza sucia, con ropa “ad hoc”. Hemos encontrado una perla en la basura, de acuerdo. Pero mantenla en la basura para la foto.

Hay una triste ocurrencia en Instagram llamada “Hotrefugees”. Una cuenta que recopila imágenes de refugiados que, a juicio de quien administra la cuenta, son guapos/as. Esto, que no es más que una estúpida banalización del sufrimiento de personas que se han visto obligadas a dejar sus casas (entre otros motivos por la irritante doble moral de los políticos europeos), nos va a ayudar a desarrollar, un poco más, la reflexión que ha impulsado la escritura de este post. De algún modo, la estupidez de esta cuenta tiene una pequeña perla en su interior. Aunque, casi con total seguridad, sin que los autores sean conscientes de ello.

En esta cuenta se ve lo que falta en los trabajos fotográficos convencionales: lo que subyace debajo del tópico. La verdad vulgar, sin los aditamentos épicos que tanto nos gustan como público. La verdad sin el brillo de la oscuridad que tememos pero que, precisamente por eso, por oscura, se nos antoja lejana. Distante, tanto como para que no nos alcance, para que no tenga que ver nada con nosotros.

Y esta verdad vulgar y gris es la que no solemos/queremos ver. ¿Por qué?… Muy sencillo: porque esa verdad lo que nos muestra es algo en lo que nos podemos ver a nosotros mismos. No algo reconocible, no algo sabido… A nosotros mismos, un espejo que nos devuelve una realidad distópica en la que nosotros somos ellos. Nos asoma al abismo. Nos muestra que mañana nosotros podemos ser como esa gente a la que tenemos lástima pero, en el fondo, no queremos cerca.

¿Y, por qué en esa verdad nos reconocemos? Porque en esas imágenes vemos gente que, aun en el peor momento de su existencia, se preocupa, como nosotros, por su aspecto, del peinado que llevan, de la ropa, de combinar colores, de intentar, en la medida de lo posible, ir limpios, de mirar a cámara con las expresiones ensayadas de cualquier aficionado a los selfies. Personas con impulsos y deseos como los nuestros. Personas como nosotros… Tal y como lo hacemos las “personas normales”.

Y puede que estemos mirando imágenes de gente realmente imbécil. Inconscientes de lo que les está pasando. Verdaderos estúpidos. Pero, quizás, lo que estamos viendo son personas que se aferran a una de las pocas cosas que no les ha arrebatado la guerra (o la pobreza, o las drogas…):  su ánimo. Unos locos, sin más matiz, les han obligado, volviendo al ejemplo de “Hotrefugees”, a dejar su casa, su ciudad, su país y a vivir atravesando países que no les quieren. Aun cuando, estos países, tienen gran parte de la culpa de su situación. Pero ellos, aun así, intentan vivir, agarrar las alegrías que se cruzan en su camino, mirarse por la mañana en lo que sea que refleje y acicalarse, sonreír a una cámara…intentan que las armas no les roben su normalidad.

Esa normalidad que no queremos mirar, porque en ella está el terror de la posibilidad, la de que a nosotros, los normales, nos pase lo mismo. Y esa es la característica que, consecuentemente, casi ningún fotógrafo nos muestra. Porque “no vende”. Nadie quiere ver gente, que según nuestros esquemas “deben” ser desgraciados, felices o haciendo vidas, casi, convencionales en esas circunstancias. Eso no nos permite sentirnos (cada uno en su detalle) superiores. Pero si sufren… Ay amigo, si sufren son imágenes que “hay que ver”. Porque, al igual que un cazador se hace una foto junto a la presa abatida, nosotros nos “dejamos ver” y comentamos en nuestras redes sociales el impacto que nos generó esa exposición. La caza da superioridad por fuerza bruta. Estos actos lo hacen (o eso nos creemos) por el peor de los actos de nuestra herencia católica: la caridad. Algo que no busca solución ni repara desigualdades. Simple y llanamente las perpetúa bajo nuestra mirada condescendiente.

Los refugiados (las prostitutas, los emigrantes, los drogadictos…) son gente que sufre. Punto. No pueden ser como nosotros, porque nosotros no vamos a vernos nunca en una así. Nosotros somos europeos, somos el viejo continente. Somos la cuna de la cultura moderna.

Somos, en definitiva, unos hijos de puta incapaces de reconocer a un hermano pasar desnudo por una calle nevada mientras en nuestra casa funcione la estufa. Eso es lo que somos y eso es lo que fotografiamos.

 

 

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5 thoughts on “¿Cuentan toda la verdad los reportajes fotográficos?

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. “Porque nosotros no vamos a ver nunca en una así”… los refugiados una vez vivieron en paz, los emigrantes una vez tuvieron un país, las prostitutas una vez tuvieron un trabajo, los drogadictos una vida,… Ojalá tengas razón, pero nadie esta a salvo de nada. Y sino mira imagenes de las universidades sirias, irakis, etc de mediados de siglo.

    • Hola Pablo!

      En primer lugar, muchas gracias por dedicar parte de tu tiempo a leer el articulo y escribir un comentario.

      La frase que entrecomillas está escrita de manera irónica. Evidentemente no creo que “nosotros” por el hecho de ser europeos (o cualquier otra cosa) estemos libres de que nuestro futuro apacible (cada vez menos) salte por los aires. Dos guerras mundiales, en Europa, y una civil, en España, deberían de hacer que no olvidemos que, como apunto en el post. Ellos son nosotros con peor suerte. Como leí hace poco: “estamos a un mal día de ser ellos”.

      Por lo demás, comparto totalmente el resto de tu comentario. Casí nadie nace como los vemos en los reportajes fotográficos. Tienen una historia un un recorrido vital…

      Un abrazo.

  3. Pingback: Hoja de contacto: selección fotográfica | Rubixephoto

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