El brillo del reposo

Cada vez que leemos una reseña de un fotógrafo famoso, reconocido en los medios, uno de los valores que, indefectiblemente, se le adjudica suele ser su alta producción, los múltiples proyectos que desarrolla al mismo tiempo, la multiplicidad de focos a los que presta atención…. Impresionante, sin duda. Pero, ¿de verdad esto es un valor? Sin matices: no.

Será una capacidad, eso no lo vamos a discutir. Es un hecho objetivo. Pero ¿un valor? Mucho me temo que no. Daros un minuto a vosotros mismos antes de continuar leyendo (y me arriesgo a que no volvais), id a las redes sociales de esos fotógrafos que conocéis e identificais con esta descripción. Echad un vistazo extenso… Cuando volváis creo que podremos coincidir en una cosa: la hiper producción tiende a generar uniformidad. De hecho, aunque parezca contradictorio, la hiperactividad tiende a ser una forma extrema de parálisis creativa.

No concederse un mínimo tiempo de paro, de reposo, de inactividad, de observación solo consigue una cosa: que no seamos capaces de generar nuevas ideas. Nuevas ideas de verdad. No variaciones, más o menos ingeniosas, sobre el mismo tema. Sin reflexión y reposo no hay verdadera creación. Sin esto apenas podemos aspirar a recrear, pero no a crear.

Se que parece contradictorio, en el mejor de los casos, y confuso en todos los demás. Pero voy a intentar explicarme. Veamos un ejemplo.

Hace unos meses Bunbury presentó su nuevo disco. Y, como aun es obligado, a pesar de las múltiples vías de promoción alternativas que ya existen, se embarcó en una extensa  ”gira” de entrevistas promocionales. En una de ellas le escuché algo que ilustra perfectamente lo que estamos hablando. El entrevistador, un rendido admirador, a la vista del tratamiento que le dio a su invitado, le preguntó por la, en su opinión, increíble calidad de sus letras. Bunbury, honrado o inteligente, quitó fuerza a esa afirmación y cambió la palabra calidad por trabajo. Explicó que tres años atrás, después de finalizar la gira de su anterior álbum, se encerró en casa y en pocas semanas de trabajo frenético tuvo listas 50 canciones. En ese momento todas le parecieron merecedoras de aparecer en el disco. Y, de hecho, se planteó publicar un trabajo múltiple. Pero le propusieron otra cosa que le hizo aparcar su nuevo disco. Al final, entre esto y otros proyectos, se atrasó todo tres años. En este tiempo, adquirió perspectiva respecto a lo que había escrito, sometió sus composiciones al juicio de personas de confianza, reescribió y, sobretodo, purgó.

Al final solo quedaron 11 canciones y en versiones diferentes a las originales.

Si solo nos fijamos en el resultado final parece que Bunbury escribe sus letras mientras se prepara un café o cepilla el gato. Pero no es así. El brillo de su genialidad está en el reposo. En el tiempo que dedicó a madurar lo que había hecho y en madurar él mismo.

Como dice Javier Marías: “Ninguna de mis primeras versiones pasaría el mínimo filtro de publicación”.

Ya tenemos el contexto y aun estáis ahí. Sois unos valientes. Vamos ahora a por el detalle.

Y el primero, en el que se basa todo esto, es el cambio de paradigma de la sociedad. No es una boutade, ni ganas de impresionar. Es cierto. Tal y como asegura Byung Chul Han en “La sociedad del cansanciocon el cambio de siglo fue desapareciendo la sociedad disciplinaria que nos regía hasta entonces para dejar paso a una sociedad del rendimiento. A lomos, por supuesto, de los que no entendieron ni una palabra de internet.

Y ¿cual es la diferencia entre una y otra? En una sociedad disciplinaria uno puede negarse a acatar esa disciplina, no hacer. Pero en una sociedad del rendimiento da igual que te opongas a lo que “se supone” que debes hacer, una vez hayas escogido tu camino alternativo todo lo que te rodea te empujara a “rendir” en esa dirección. El “no hacer” no ha desaparecido, pero se ha convertido en una heroicidad cada vez más difícil de mantener.

Así, un fotógrafo que quiera optar por ese “no hacer” siente (y no se equivoca) que se descuelga de la ola principal, que su “presencia” se diluye y desaparece entre los que sí están generando, en sus redes sociales, nuevos items continuamente. Se ve empujado a abandonar su “disidencia” si quiere seguir “estando ahí”. Porque en esta nueva sociedad, nos hayamos dado cuenta de que existe o no, todos tenemos nuestro propio campo de trabajos forzados. Y lo mejor/peor de todo es que ahí somos el alcaide, el prisionero, el vigilante… Todos en uno. No hace falta que nos explote nadie: ya nos encargamos nosotros de exprimirnos hasta la última gota.

Así encontramos fotógrafos que, prácticamente todas las semanas, cuanto no varias veces a la semana, publican sesiones nuevas, con modelos diferentes. Y, al igual que una estrella gigante roja tiende a convertirse en una enana blanca y, después, en un agujero negro, estas sesiones tienden a igualarse. Incluso mucho antes.

Detengámonos en esta forma de trabajo. Cualquier gurú de la optimización del tiempo laboral nos ensalzará las infinitas virtudes del “multitasking”. Algo maravilloso que nos diferenciará inmediatamente de nuestros “competidores” dejándoles atrás. Preguntándose qué ha pasado. Si nos dedicamos a una profesión de tipo técnico, probablemente eso sea verdad (no me voy a meter en un charco que no conozco) pero en profesiones de tipo creativo (como, sin duda, es, o debiera de ser, la fotografía) no. Ese multitasking es la habilidad principal de los animales salvajes, la manera en la que intentan sobrevivir a sus depredadores mientras se alimentan y hacen lo posible por procrear. No pueden centrarse en solo una de esas cosas: su vida depende de esa “falta de concentración”. Y en el caso de un animal salvaje, tiene sentido. De hecho, no parece razonable vivir de otra manera.

Pero, ¿para un ser humano? Esa actitud te impide fijarte en el fondo de nada, dedicar un mínimo de tiempo a la contemplación reflexiva… porque te obligas a ti mismo a estar pendiente, siempre, de lo que tienes delante, de la forma, y de lo que va después de lo que tienes delante.

Trasladado al “mundo real”: Estás procesando tu última foto, han pasado ya unos días desde que actualizastes tus redes sociales. Echas un ojo a tu Klout, es el segundo día que baja, y no poco. Los comentarios y los likes de Instagram (la mejor fuente de “presencia” en redes y redirección de tráfico hacia tu web desde que Facebook ha empezado a penalizar las páginas en su feed de noticias) ya se estabilizaron. Y van a caer en picado, como siempre pasa cuando las publicaciones “envejecen”. Hay que poner freno a la caída. Acabas lo más rápido que puedes esa foto, miras tu UNUM, actualizas las estadísticas de publicación, miras que día (y hora) de la semana tiene mejores porcentajes de respuesta y programas la publicación. E, inmediatamente, te pones con la siguiente (mientras organizas una nueva sesión para el primer día libre que tienes)… No puedes dejar que eso vuelva a pasar. Ha costado mucho llegar hasta ahí y no te vas a volver invisible por perezoso.

Campo de trabajos forzados. Alcaide, vigilante y prisionero.

Es urgente que nos “autoreeduquemos”, que seamos capaces de eliminar (o al menos controlar) el reflejo que nos lleva a responder de inmediato a cualquier impulso que recibamos. Que retomemos el control sobre nuestras reacciones y volvamos a ser capaces de decir “no”, de dar fin a las cosas… para que no sean “las cosas” las que nos den fin a nosotros.

La fotografía necesita paciencia, calma. De otro modo no es creativa. Como mucho puede ser productiva, pero nunca creativa. Para esto necesitamos permitir que nuestra mirada se acerque a las cosas con una atención profunda y contemplativa. Larga y pausada. Entender que esta inactividad, en realidad es lo contrario: es actividad. Del mismo modo que la hiperactividad, como decíamos antes, es parálisis.

En esta inactividad es donde conoceremos lo que no nos habíamos permitido saber, donde podremos reflexionar sobre lo hecho y lo que falta por hacer, los caminos recorridos y los que debemos elegir entre los que se abren frente a nosotros. Adquirimos perspectiva de nosotros mismos y de nuestra obra fotográfica. Podemos pararnos a buscar imágenes que nos pellizquen, compararlas con las nuestras a nivel emocional. Dedicar horas, días si es necesario, a disipar la niebla que nos impide ver porque esa imagen nos ha tocado en sitios, emocionalmente hablando, donde nuestras propias imágenes no lo hacen. Resistir el primer impulso: el de copiar técnicas. Dejar madurar lo descubierto, hasta que no sea más que una emoción que, traducida por nuestra propia sensibilidad, nos lleve a un camino propio, ignoto. Evitando el que ya han recorrido otros antes.

Todo esto es imposible en medio de la hiperactividad que nos requerimos a nosotros mismos, la mayor parte de las veces, sin darnos cuenta.

Cualquier avance creativo necesita que se genere (y se mantenga) un entorno en el que sea posible una atención profunda y contemplativa. Sin fechas de caducidad. No la que acompaña al actual estado de hiperatención, en el que hay un cambio de foco constante, multiplicidad de fuentes de información, no contrastada la mayoría de las veces… Una situación que, como es lógico, desarrolla una escasa, por no decir nula, tolerancia al hastío y al aburrimiento. Siendo estos dos elementos, especialmente el aburrimiento, parte del proceso creativo. Puesto que solo cuando eres capaz de distinguir, y admitir, que tu propio trabajo te aburre puedes retomar el timón y dar un golpe de direccion, creativa, con el.

Porqué solo ese aburrimiento, ese cansancio, que nos obliga a detenernos y a mirar a nuestro alrededor devuelve el asombro al mundo.

 

 

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4 pensamientos en “El brillo del reposo

  1. Las grandes empresas sociales parece que nos empujan a compartir a todas horas lo último que se está creando casi a diario tres veces en el mismo día. Esto nos hace perder nuestro tiempo personal para disfrutar de otras cosas ya sea para pasear o para editar esas fotos del 2009 que aún no hemos mirado. Yo soy de los que prefiere la fotografía a fuego lento, a mi ritmo por que el ritmo de las redes es frenético y lo que nos lleva horas preparar para una red social solo dura apenas un segundo de visualización para quienes las contemplan. Desde mi punto de vista prefiero compartir algo cuando me apetece aunque este al final de la cola de las visualizaciones por que al final no es importante el número de personas que las ve o las siguen lo más importante es nuestro tiempo.

    • Gracias por comentar, Samuel…

      Lo cierto es que las grandes empresas de rrss empujan sin descanso para que usemos sus plataformas todo el tiempo posible. Pero, tampoco podemos perder de vista dos cosas. Una es que son empresas privadas y su beneficio nace del uso que se hace de sus plataforma, con lo que no se les puede censurar que pretendan que usemos sus servicios… Y la otra, la mas importante para mi, es que por mucho que empujen estas empresas, cada usuario tiene la capacidad de no dejarse empujar. El poder de decisión último es nuestro. Eso es así y lo demás son excusas.

      Por lo demás, totalmente de acuerdo contigo. La creación es un caldero de fuego lento, nunca un microondas.

    • Muchas gracias a ti por comentar Ricardo.

      Espero que las futuras entradas también te resulten interesantes.

      Un abrazo.

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