Las redes sociales y el amor (fotográfico)

 

¿Los agregadores de contenidos a internet, les debemos algo a nuestros seguidores? La respuesta más fácil es: “Sí, todo. Sin ellos no seríamos nada”. Cierto, pero ¿es está una verdad absoluta? No puede serlo, las verdades absolutas no existen y esta no iba a ser la excepción que confirme la regla. Les debemos mucho y nada al mismo tiempo. Y la relación que se establece con ellos es complicada. Sobre todo por la inmadurez (independientemente de la edad) de muchos de los creadores (fotógrafos, maquilladoras, estilistas, etc…) y de, también, muchos de sus seguidores.

Empecemos por aclarar que soy un agregador con una cantidad de seguidores modesta. Aunque, eso sí, puedo presumir de una “comunidad” con una alta implicación. Todo lo que se publica en esta web tiene comentarios públicos y privados. Y, como siempre digo, jamás agradeceré bastante los comentarios y las críticas. Aportan mucho más de lo que los autores pueden imaginar.

En redes sociales la interacción es menor. Quizás el motivo esté en la, prácticamente, nula presencia de vida personal en ellas. Sin duda comento cosas que tienen que ver con mi día a día. Pero nunca hablo de “esas cosas”. No le he visto nunca el valor que ese relato pueda aportar a mis perfiles y, en consecuencia, no hago partícipes, a los que me siguen, de mi vida personal. Mis perfiles personales, como su propio nombre indica, son otra cosa.

Pero este hecho, la vida personal compartida en redes sociales, es el origen de un buen número de problemas para, sobretodo, fotógrafos/as y modelos.

Dejadme que os ponga un ejemplo. ¿Nunca os habéis encontrado con una, por ejemplo, “instagramstar” y os ha faltado nada para saludarla como si la relación fuese real y tuviera años de recorrido? Si vivis en una ciudad grande casi seguro que os ha pasado. Y la sensación de familiaridad no es casualidad. Muchos de los agregadores de contenido comparten tantos datos personales en sus perfiles que sus seguidores experimentan una familiaridad con ellos muy similar a la que sienten con sus amigos reales.

Pero, ojo, no estoy diciendo que estos seguidores sean unos acosadores potenciales. Hay seguidores que usan esa información personal para entender mejor la obra del creador que siguen, para entender sus motivaciones, para desmitificarlo (o justo lo contrario)… o para dejar de seguirle porque resulta no ser lo que se esperaba de él. Otros, en cambio, no hacen un uso tan razonable de esa información.

Algunos de estos seguidores llegan a olvidar que lo que ven o leen está siendo compartido en una red social abierta. Al alcance de, como mínimo, el resto de los seguidores. Pierden esa perspectiva y creen que gran parte de ese contenido está dirigido, de un modo u otro, a ellos.

Y ahí, en ese olvido, en esa pérdida de perspectiva, subyacen la mayoría de los “problemas de convivencia” entre creadores y seguidores en las redes sociales.

A los seguidores ya hemos visto lo que les pasa. Pero, ¿cuál es el problema de los creadores? En cierto modo, el mismo. La pérdida de perspectiva.

Muchos creen que por poner un par de pantallas y unos kilómetros de fibra óptica entre ellos y los que les leen ya es una relación aséptica. O lo que es aun peor: “como el creador soy yo y tú solo me sigues, las normas las pongo yo y las cambio cuando me apetece”… una actitud pueril. Por no utilizar otro adjetivo más agresivo. Y no es algo residual. Al contrario: está más que extendido.

Muchos emplean el componente personal para atraer y fidelizar seguidores. Junto a las muestras propias del campo creativo que desempeñen, agregan detalles personales. Y si el experimento resulta, ceden a la tentación de algo aún más personal: una borrachera, la resaca correspondiente, un ligue, la ruptura, los reproches a la ex pareja, los estados emocionales que acompañan todo…

Normalmente suelen ser las cosas que más impacto tienen. ¿Quién no querría apoyar a alguien que admira en un mal momento? ¿Verdad? Y las palabras de apoyo siempre son bienvenidas, como no…

Pero lo que no es tan bienvenido son las confianzas. Un seguidor se da cuenta de que su ídolo no es lo que parecía o ya no es lo que solía… y deja de seguirle.

No pasa nada, nadie se entera, la vida sigue… pero no en la redes sociales. Todo es público. Y lo que no, forzamos para que lo sea. Así que este seguidor se despide con una nota, por supuesto no privada, en algún perfil de su ídolo.

Y empieza el espectáculo de agravios y desagravios. El creador se siente ofendido por que su seguidor se sienta validado para pedirle nada. Pero olvida que ha compartido, públicamente, con sus seguidores, las mismas cosas que compartiría con un amigo (probablemente más)… Pero no quiere que se comporten como tal. Ha creado un perro, pero no quiere que ladre.

Como decía antes: una actitud, cuanto menos, pueril. Y, sin embargo, extendidísima. Como la de los actores que se quejan de la fama. Han elegido una profesión que basa la validación profesional en el reconocimiento. Pero una vez descubren lo que viene con él reniegan. No del reconocimiento, ni la fama. Solo de los admiradores que traen, indefectiblemente, adjuntos.

En muchas de estas situaciones acabamos leyendo, antes o después, algo parecido a: “Yo comparto lo que me da la gana y eso no le da derecho a nadie a…” Por supuesto que no le da derecho a nadie a nada… pero hay que saber donde se está y quién está ahí.

Y pretender que algo que es norma, injusta o no, pero norma, en TODAS las redes sociales no se le aplique a uno mismo, vuelve a ser pueril.

Se quiere poder realizar las acciones, pero no afrontar las consecuencias. Hay rutinas no regladas en las redes sociales que se producen siempre. Acciones que generan un tipo de reacción de manera inmediata y automática. Y no estoy diciendo que este bien ni justificándolo. Pero lo que no se puede es pretender que la realidad no se te aplique.

Como esos exploradores del XIX que no entendían por qué los caníbales se los comían. ¡Si ellos solo querían estudiar la botánica de la selva y la estructura social aborigen! Quizás hubieran evitado ser la cena si hubieran contemplado el entorno y sus normas y no pretender que ese entorno se adaptara, automáticamente, a las normas que ellos traían de fuera.

Ser capaz de crear algo a partir de la nada, desde tu imaginación, siempre te hace pensar que eres diferente a los que te rodean. Y que esa diferencia es a mejor. Y el reconocimiento de extraños en las redes sociales de esas creaciones, tiende a confirmar esa tímida sensación de superioridad. Si nuestra cabeza no esta amueblada como debe, probablemente nos “desconectemos” de la realidad y nos creamos esa superioridad. Y, desde esa atalaya, por encima de casi todos, nos creamos con derechos especiales.

Aun así hay que dejar claro que no son lo mismo los “haters” profesionales que llenan las redes sociales, especialmente twitter, que los seguidores decepcionados (con motivos reales o no) y subidos al caballo de una “amistad” que solo ellos ven. Los primeros no tienen derecho a nada. Son un cáncer para este tipo de comunidades y limitantes para los que no son capaces de ignorarlos. No es poca la gente que se autocensura para evitar los ataques de esta marabunta de buscadores de ofensas. Por eso, como decían nuestros abuelos, no merecen ni el pan ni la sal. Solo la indiferencia.

Los otros son seguidores que se han equivocado, que han creído que algo, que solo existe en su imaginación, es real. Pero tampoco les podemos cargar con toda la responsabilidad. No nos olvidemos de quién ha alimentado y ayudado a crecer su equivocación: nosotros. Por eso, lo más razonable, antes de desplegar nuestra ofensa en público (con intención, no nos engañemos a nosotros mismos, de recibir un alud de mensajes, públicos, por supuesto, que nos den la razón), sería agradecer, en respuesta a su mensaje, el tiempo que este seguidor nos ha acompañado, lamentar su decisión y desearle suerte.

Porque creernos con derechos especiales es un error. Y uno que cometemos demasiado a menudo.

 

 

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