Los muertos

 

Podría haber llamado a este post de otra manera. Menos tétrica quizás. Menos parecida a la maravillosa película de John Huston o al no menos fabuloso relato de James Joyce. Pero lo que lo impulsa está tan cerca de la idea que subyace en estas dos obras maestras (la calidad de lo que sigue ya es otra cosa) que acercarme al camino abierto por ellos me parece una manera, humilde de reconocer la deuda que se tiene con quienes han creado algo inmortal, por una parte, y de aprovecharme de un escenario que, claramente, no iba a mejorar.

Este verano, desgraciadamente, alguien querido perdió su pelea con un tumor que, de entrada, era benigno. Pero la ubicación dificultaba tanto el tratamiento que acabó transformándose en mortal. El proceso movilizó a todos los que nos considerábamos amigos. Primero para conseguir el dinero que pagara el tratamiento que la pudiera salvar, fuese el que fuese. Y cuando vimos que no se podía hacer nada, aconsejados por la familia, se donaron las cantidades recogidas a entidades relacionadas con la investigación.

Una de las iniciativas en las que participé fue la organización de una subasta de fotografías de muchos de los que habíamos trabajado con ella como modelo. No volví a pensar en ello hasta hace poco. No es la primera persona cercana que pierdo por culpa de algún tipo de cáncer. Y la experiencia no hace que duela menos… al contrario.

Pero, como decía, no había revisado estas fotos hasta ahora. Pasados meses. Asentado el recuerdo de alguien a quien vi pasar los diferentes estadios de su enfermedad pero que la memoria, como es su función neurológica en estos casos, solo recuerda con el mejor de los aspectos.

Un aspecto en el que la memoria guarda muchas similitudes con la fotografía. Cuando esta cumple una función recordatoria, contenga personas u objetos, no adquiere su significado pleno (emocional) hasta que no desaparece el referente. Como una persona querida fallecida o las ruinas de Palmira destruidas por el DAESH. El paso del tiempo, posterior a esta desaparición, va añadiendo densidad al valor recordatorio de la fotografía. Nuestra memoria puede flaquear, distorsionar, olvidar… pero la fotografía no. Allí estará el referente contenido (normalmente en uno de sus mejores momentos) para no dejarnos olvidar lo joven que fue, la majestuosidad que le dio el paso del tiempo… el referente, en la fotografía, como dice Roland Barthes, siempre se obstina en “estar ahí”.

De hecho si una cosa hace la fotografía, en estos casos, más que mostrar que alguien (o algo) ha sido, lo demuestra. La fotografía ratifica, una y otra vez, nuestros recuerdos. Coloca frente a la versión depurada de nuestra memoria la imagen, invariable e implacable, que nunca cambia. Una verdad parcial e intencionada, cierto. Mentira, probablemente, en muchos aspectos. Pero verdad absoluta en lo que se refiere al reflejo de la imagen. Del aspecto.

El referente desaparecido ha dejado una huella invariable tras él. Cada vez más fuera de lugar, más anacrónico, más difícil de entender. El paso del tiempo no solo ha hecho desaparecer el referente. También el contexto. Y eso hace que, pasado cierto tiempo, la imagen pierda todo su significado al tiempo que gana emotividad. La interpretación, en este punto, ya es, inevitablemente, errónea. Cuanta más emoción, casi con toda seguridad, menos información.

Hay una comparación muy habitual que es la del fotógrafo con un taxidermista. Y cierto es que los dos “mantienen vivas” cosas que ya no lo están. Pero ahí acaban las similitudes. Cómo advierte Roland Barthes: el fotógrafo no interviene en el cuerpo ni en el entorno. Se limita a capturar lo “que era” en un momento determinado.

Y justo ahí, en ese “era”, reside uno de los valores emocionales más importantes de la fotografía, entendida como recuerdo. Lo que vemos en la fotografía, el referente, fue, pasó en un momento determinado. Único e irrepetible, por mucho que intentemos reproducirlo. Se convierte en pasado al instante siguiente de hacer clic. Pero la fotografía es inmutable. Podemos repetir la mirada sobre un hecho que ya ha sucedido tantas veces como queramos. Lo que hay allí nunca cambiará (más allá de los cambios que impone el paso del tiempo en soporte físico o las diferentes calibraciones de los monitores donde la veamos). Es un instante del pasado convertido en presente continuo (el eterno retorno de lo que ya murió)

Pero, junto a la poética melancólica del recuerdo, tampoco podemos olvidar algo: casi nadie se comporta de manera natural frente a una cámara. En cuanto somos conscientes de la inminencia del “clic” dejamos de ser nosotros para intentar ser “algo” que dé una buena versión de nosotros mismos. Nos transformamos en imagen por adelantado. En la imagen que esperamos ser en la cámara.

Porque frente a ese clic hay una duda casi común: ¿cómo saldremos? ¿Pareceremos el buen tipo que queremos ser o, por el contrario, tendremos el aspecto mal encarado de alguien en quien no se puede confiar?… En general, somos variables. Nadie es totalmente bueno o malo. Vamos de un lado al otro, atravesando toda la gama intermedia, en función de nuestro momento vital. Pero, frente a esa ligereza cambiante, la fotografía es sólida e inmutable. Un mal aspecto siempre lo será. Pase el tiempo que pase.

De acuerdo en que es un accidente, sí. Pero nadie nos ha dibujado esa cara. Lo que hay en la foto, nos guste o no, es una de nuestras facetas. Puede que poco habitual y controlada. Pero nuestra. Por eso la fotografía funciona, también, como un diseccionador de personalidades. Con el tiempo, eventualmente, podríamos fotografiar todas las que hay dentro de nosotros. Y la mayoría, probablemente, no nos gusten… pero en todas estamos nosotros. Y ese striptease emocional involuntario muy probablemente nos va a sobrevivir. Y eso es lo que seremos para los que “nos vean” en el presente continuo que es una fotografía.

El fotógrafo no es totalmente inocente. Puesto que frente a ese “quiero ser” de la persona fotografiada está el “quien creo que es” del que dispara. La versión que hacemos de la persona a la que estamos fotografiando.

Por eso, pasados los meses, cuando repaso las fotos que le hice a esta amiga no puedo evitar la angustia de pensar si mis imágenes le hacen justicia. Si cuando alguien las vea podrá ver lo mismo que vimos los que la conocimos…

 

 

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