¿Para que sirve un reportaje fotográfico?

 

Agradezco ver la foto. Soy viuda, pobre, estoy desnuda… No tengo casa, mis hijos ya no estudian. Me han metido en una clase para hacer jabones y pan. Y no me da ningún beneficio, no consigo nada por lo que hago. Desde por la mañana estoy aquí, estoy el día entero ¿qué voy a comer? Me busco la vida cargando mi cesto. Y si ese día encuentro un kilo, ese día como. ¿Voy a comerme la fotografía? No puedo comerme la fotografía”.

Estas palabras las tuvo que escuchar Isabel Muñoz cuando volvió al Congo a ofrecer copias de las imágenes tomadas a las mujeres fotografiadas. Y están recogidas en el excelente documental “Angalia Mzungu. Las podéis oír vosotros mismos a partir del minuto: 59:34.

Viéndolo me di cuenta de que mi anterior post sobre los reportajes fotográficos había quedado incompleto. Así que este post será como una revisión/ampliación de aquél.

Vaya por delante que no solo no tengo nada en contra de los reportajes fotográficos, al contrario, es algo que, si mis circunstancias personales me lo permitieran, me encantaría intentar… De hecho es una de esas asignaturas pendientes que no descarto hacer realidad algún día. Pero, los que pasáis a menudo por aquí ya lo sabéis, que una cosa me guste no significa que no vea en ella las cosas que puedan no agradarme.

La secuencia a la que pertenecen estas palabras refleja, claramente, que los reportajes raramente reportan algún beneficio para sus protagonistas. Y no se trata de que los fotógrafos no se lancen a ellos con la mejor de las intenciones. Lo normal es que así sea. Que se acerquen al tema elegido con una voluntad real de intentar cambiar, a mejor, lo que esté en sus manos a través de las fotografías. Pero, la verdad, es que estas reacciones raramente llegan mucho más allá del país de origen del autor de las imágenes. Y cuando estas superan fronteras, lo hacen diluyéndose en una especie de “muestra zoológica/antropológica” que no consigue nada más allá de una mala conciencia en los espectadores. Mala conciencia que dura hasta la comida o la cena de día.

Con el tiempo se nos han olvidado algunas cosas importantes, fundamentales. En el camino, del mismo modo que hemos acabado fotografiando lo que sabemos que nos va a garantizar una exposición, un libro o la publicación en alguna revista y no la realidad que nos encontramos, también hemos olvidado para qué hacíamos estos reportajes. Seguimos poniendo delante de todo la visibilización, la denuncia y la obtención de ayuda para los colectivos y personas que fotografiamos. Y, en general, somos sinceros. Pero…

Una vez volvemos a casa, nuestras preocupaciones pasan a ser otras: la selección de las imágenes que nos gustan más a nosotros… casi nunca las que representan, sinceramente, lo que sucede en el lugar de donde venimos; el papel sobre el que se va a imprimir, la iluminación de la sala donde se va a colgar la obra, la secuencia de colocación, los folletos, la promoción, el libro… y todo, ya lo sabemos, pasado por el filtro de “lo consumible”.

Una vez ha acabado la gira de exposiciones, promoción de libro, etc… muy pocos, escasísimos, son los fotógrafos que vuelven para interesarse por la situación que han intentado reflejar y, si hacemos caso a la intención original, mejorar. La propia Isabel Muñoz o Gervasio Sánchez son de los que sí lo hacen. Pero cuando llegan y los protagonistas de sus imágenes ven reportajes sobre cómo fue todo, escuchan las promesas de políticos que no conocen (pero que, probablemente, les recuerden a los suyos), vean gente mirándoles colgados de una pared, oigan las explicaciones… cuando todo eso sucede y miran a su alrededor para ver que su miseria no ha mejorado un ápice y que lo único que aquello les trae de nuevo es una copia en papel de su fotografía… no es de extrañar que lo vean, prácticamente, como un insulto, como una burla cruel.

La constatación de que se han aprovechado de ellos. Fueron amables con esas personas que llegaron a su casa, les pidieron que les dejaran invadir su intimidad, les hicieron esperar hasta que la luz fuera la apropiada para la idea que se traía desde Europa… y luego solo una de las partes ha obtenido un beneficio tangible de todo esto. Entonces, que se presenten en tu casa, tiempo después, y solo te den una fotografía cuando tú llevas, quizás, días sin comer… sin demagogias, pero poneos en el lugar de quien recibe las fotos con el estómago encogido por el hambre.

Además, en la mayoría de los casos nuestra amabilidad es la de quién se siente superior, la de quién quiere ayudar a “esta pobre gente”… Y ojo, la intención es sincera y buena. Pero no bajamos hasta ellos para darles la mano, se la damos agazapados en lo alto de nuestra columna. Para nosotros no son mucho más que animales de laboratorio. Les observamos, les pedimos hacer cosas que nos convienen a nosotros, no a ellos, distorsionamos su realidad el tiempo que estamos cerca, la presencia (y la urgencia) de un fotógrafo ya es, en sí misma, una distorsión de su día a día… una vez más, muy poca gente se queda el tiempo suficiente (muchas veces, tampoco hay que obviar esto, por falta de presupuesto) como para ser uno más en el lugar. Uno que lleva la cámara a todas partes y, de vez en cuando, hace una foto… con el tiempo nadie te hará caso, harán su vida y tus ráfagas de clics no serán más llamativas que el ruido de los mosquitos, el ladrido de un perro, o los gritos de los niños jugando: los oyes, sabes lo que son, pero no les prestas ninguna atención.

Pero siempre tenemos prisa. Entonces lo que hacemos es contratar un fixer , que también nos haga de traductor. Y en cuanto bajamos del coche, en el sitio donde vamos a hacer el reportaje, les explicamos los beneficios que les va a traer que se dejen hacer fotos: denuncia internacional,visibilización, concienciación sobre los problemas que sufren, adhesión de colectivos sensibles a esa problemática en particular… ayuda en el medio plazo… Y cuando lo decimos no mentimos, esa es nuestra intención desde que hemos salido de nuestra casa… pero, a menos que seamos unos novatos, no deberíamos tener ninguna duda de que el 95% de las promesas no se van a poder cumplir. Y, seguramente, no será por falta de intención del fotógrafo. Pero la triste realidad, año tras año, es que apenas se capta la atención sobre el objeto del reportaje en el país del fotógrafo y poco más… en estas circunstancias es muy difícil que nadie haga nada en favor del problema en cuestión.

Y aquí habría que hacer dos reflexiones “laterales”. La primera sobre la insensibilización que ha provocado el exceso de imágenes, compitiendo, una con otras, fotógrafos con fotógrafos, medios con medios… la escalada por conseguir la imagen más impactante, el llanto más desgarrador, el herido más escalofriante, la muerte más reciente… Fotografías que no buscaban nada más que “posicionamiento”. No denuncia ni protesta. Solo una portada a cuatro columnas o abrir informativos. Esta acumulación nos ha acostumbrado a todo. Y estos dramas han acabado reducidos a un ruido de fondo. Fastidioso, ni tan solo molesto. Como el de los vagones del metro. Va con nosotros parte del dia.

Nos incomoda (si aun somos capaces de percibirlo) pero lo olvidamos antes, incluso, de haber vuelto a la calle. Casi nadie se siente lo suficientemente afectado para hacer nada “real”. Y los políticos, que tienen el poder de hacer que las cosas cambien, no sienten ninguna presión para tomar decisiones. Saben que, el el peor escenario, después de la primera oleada de tuits, todo se relajará… Y desaparecerá.

La segunda sobre los reportajes “locales”. No todos se hacen en países que están a 16 horas de avión. A veces no hay más que bajar a la calle para encontrar el tema que nos interesa reflejar en nuestras fotografías. Y, en este caso, las cosas sí pueden ser diferentes. Algún impacto en la realidad sí puede darse. Los políticos sienten el peligro de la pérdida de votos y los espectadores tienen más difícil pensar en las personas que ven las fotografías como “ellos”. El “nosotros” late en cada detalle que reconocen. Y, aun así, la capacidad de influencia seguirá siendo baja.

Entonces, una vez más: ¿para que sirve un reportaje fotográfico? ¿Para saciar nuestra curiosidad como hacían los zoos de principios del XIX cuando exhibían africanos en la jaula junto a la de los monos? ¿Para que los fotógrafos ganen premios y les hagan entrevistas? ¿Para que sigan abiertas algunas salas de exposiciones? ¿Para que determinados colectivos sigan consiguiendo ayudas públicas?

Muchos, realmente, no sirven para nada… bueno quizás sí. Para saber a qué fotógrafo habría que arrancarle la cámara de las manos y prohibirle el uso de ninguna otra a perpetuidad.

Pero algunos, desgraciadamente los menos, sirven para que no se nos olvide en qué mundo vivimos. Que seamos conscientes de la maravilla que nos rodea, de cómo la estamos destruyendo, de hasta qué punto podemos ser malvados; con las cosas, con los animales y con nosotros mismos… si hiciéramos caso de lo que nos cuentan estos reportajes todo sería mejor. Y las personas fotografiadas, cuando es el caso, sí obtendrían algún tipo de retorno que mejorase, del modo que fuese, su situación.

Pero no es así, nos gusta exclamar frente a la imagen y tuitear nuestra indignación con el “hastag” que esté más cerca del “trending topic”. Pero no tomar ninguna acción. Una vez más somos parte del problema y no de la solución.

 

 

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4 pensamientos en “¿Para que sirve un reportaje fotográfico?

  1. Sigo tu blog desde hace tiempo.
    Con esta entrada me he animado a compartir contigo mis impresiones.
    He flipado con lo que sueltas, de verdad, hace poco lo comentaba con un amigo como muchos se enriquecen a costa del sufrimiento de gente que vive en pateras, niños vagabundos sin hogar etc… A parte esta el hecho de que son todas las imágenes iguales, retratos de gente que lo ha pasado mal, claro que transmiten esos retrato no lo harian si tú estuvieras en esa situación.
    No me parece justo para esas personas el hecho de aprovecharse de su situación, seamos sinceros si estuvieran en otra situación no serian de interes, invadir su vida diaria por 3 fotos sobre la dureza de su situación y si te he visto no me acuerdo. Puede que algunos como bien comentas, tengas la verdadera intención de cambiar la situación, pero con lo precaria que es esta sitación laboral, la gente quiere el sensacionalismo que pueden provocar a nuestras adormecidas conciencias.

    Un saludo y sigue asi.

    • En primer lugar muchas gracias por seguir el blog y por decidirte a comentar el post… te animo a que lo hagas mas veces. Nunca aprendo más que con vuestros comentarios.

      Por otra parte siempre he pensado que la fotografía de guerra y el fotoperiodismo son necesarios… Hay cosas que no sabríamos que suceden si no fuese por estos fotógrafos. Y no se puede dudar de la implicación de profesionales como James Natchwey o Manu Brabo en la realidad profunda de los temas que tratan. El problema viene cuando la desgracia ajena se ve como oportunidad propia… Eso es pervertir el espíritu de esta profesión. Y, desgraciadamente, parece que cada vez hay mas de esto último.

      No dudes de que seguiré como hasta ahora… Acertaré o erraré, pero seguiré siendo fiel a los principios del blog.

      Un abrazo.

  2. Hola. Me parece muy acertado lo que comentas. La fotografía no debe ser un arte de usar y tirar, ya que igual que una foto fija una imagen para siempre, esos lugares fotografiados se deberían dejar una huella en el fotógrafo. Post muy acertado y enhorabuena por el blog.

    • Muchas gracias por comentar María.

      Lo cierto es que cada uno hace la fotografía que le place hacer y bien está que así sea. Pero estoy de acuerdo contigo en que cuando uno se dedica a la fotografía documental si debería de tener una cierta implicación en los temas que trata. De otro modo no hay diferencia entre estas imágenes y las que podría tomar un fotógrafo que se dedique a “producto”. Es decir: con una gran técnica, probablemente impecable, pero con una mínima identificación con el tema fotografiado. Y eso, vuelvo a decirlo, a mi parecer, es un error.

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