Photoshop para leñadores

 

Los fotógrafos no somos procesadores. No tendríamos que saber utilizar Photoshop más allá de lo básico. Tendríamos que estar en condiciones de hacer como Cristina García Rodero, Chema Madoz o Alberto García Alix que encargan el positivado de sus copias a un maestro como Juan Manuel Castro Prieto. Pero, seamos realistas, eso no es así hasta que no alcanzas el estatus de los citados. De manera que todos nos vemos “obligados” a aprender a manejar Photoshop para que las imágenes recogidas en el RAW acaben siendo como las que teníamos en nuestra mente cuando disparamos.

Pero si en la fotografía cada vez hay mas “pintores de brocha gorda” y “copistas” que “autores“… ¿Como iba a ser de otra manera en el manejo del principal programa de edición fotográfico? Y no estoy hablando de los que hacen cosas como las que se recogen en Photoshop disasters (imprescindible en favoritos, por cierto). Hablo de los que han aprendido técnicas elaboradas y las aplican sin ningún tipo de criterio. Bueno, uno sí: que se note que esa foto lleva un “Dodge and Burn” o una “Separación de frecuencias”… Para estos fotógrafos Photoshop es como un hacha para un leñador: algo con lo que golpear y destrozar.

Porque aprenderse las mecánicas de un programa no es suficiente. Hay que saber más. Hay que tener una visión global de lo que se está haciendo. Y, en este sentido hay una escena muy ilustrativa en la película “El último cuarteto”. En ella un un profesor de violín le recrimina a una alumna, que pretende interpretar una pieza particularmente compleja de Beethoven, que no sea capaz de darle el dramatismo necesario. Y la manda a casa. Pero no a practicar. La manda con los dos tomos de la biografía del músico. Y la tarea era: “Lee su vida y entiende su agonía. Después volveremos a intentarlo”

Trasladado a la fotografía, ¿qué significa esto? Pues que no puedes procesar la fotografía de una modelo sin unos conocimientos básicos de anatomía. El cuerpo humano, la materia prima de la que se componen tantas imágenes, es un universo de músculos, tendones, articulaciones, texturas cambiantes en la piel, arrugas que cuentan historias… Todo en una sincronía armónica e indisociable. Y, sin saber esto, no se puede hacer un procesado en condiciones. Da igual que manejes como el mismísimo Dios la separación de frecuencias. Si me pones en las aletas de la nariz el mismo poro que en la mejilla, es que no tienes ni la mas remota idea de lo que tienes entre manos. Por no hablar de que en la propia mejilla hay más de un tipo de poro…

Y lo malo es que son este tipo de fotógrafos “procesadores” los que llenan las redes sociales repartiendo, a diestro y siniestro, su “sabiduría”. Y aun peor es la cantidad de veces que la palabra “fotón” se incluye en los comentarios de sus imágenes. Pasado el horror del HDR me temo que nos llega ahora el espanto del “poro absoluto”.

Cada uno, esta claro, hace las cosas como le da la gana. Pero, sinceramente, no deberíamos ni arrancar Photoshop si no tenemos a mano un libro de anatomía en el que consultar dudas cuando estamos manipulando un RAW. Porque ser fotógrafo no solo es hacer fotografías. Se necesita un conocimiento global de todos los detalles, no solo técnicos, que afectan a la imagen que pretendes obtener. Y saber que la textura de la luz tiene la misma importancia que la textura de la piel.

 

 

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