¿Por qué la sombra?

 

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En toda la fotografía occidental, europea y americana, la luz es uno de los elementos más importantes, si no el que más. Y esto está presente en la gran mayoría de las fotografías de autores de estos continentes… E, incluso, en las imágenes de autores orientales es bastante fácil encontrar este protagonismo. Pero lo que realmente caracteriza y define la fotografía oriental es la sombra. No tanto la ausencia de luz, como pudiera pensarse. Porque la sombra en la cultura oriental no es la ausencia de luz. Es el uso delicado de la misma para definir la forma y las armonías y emociones que queremos asociar a ella. La sombra es la piedra angular de la narrativa fotográfica oriental.

Parece un concepto engañoso. Algo propio de “artistas” que buscan una excusa para justificar que no saben iluminar y dar una pátina artística a sus carencias. Pero nada más lejos de la realidad. Basar tu trabajo fotográfico en la oscuridad y las sombras requiere un reajuste de los esquemas mentales, una liberación de todo lo que has aprendido sobre fotografía y una revisión integral de cómo se ve el mundo y como se traduce el mismo en imágenes estáticas.

En primer lugar no se trata de enseñar las cosas inundándolas de luz para que se vea hasta el menor de los detalles, ni de iluminar una parte de la composición y otra no para “guiar” la vista del espectador a los elementos que nos interesa que sean el máximo punto de atracción. Esto es algo que cualquier fotógrafo, que sea digno de este adjetivo, sabe hacer con un mínimo de luz controlada.

Lo primero que hay que aprender es que la sombra es la que modela la composición. La luz nos permite ver y la sombra nos dice lo que estamos viendo y lo que esa escena nos quiere contar. Porque la sombra no revela, la sombra sugiere, susurra y se desliza. La luz afirma con voz clara y se sitúa frente a nosotros. La sombra nos invita a acercarnos al detalle sugerido y a sumergirnos en las sugerencias de la forma.

De la misma manera que un vino tinto frío nos calma la sed y nos define en paladar su sabor. Un vino decantado, y dejado respirar a temperatura ambiente, nos llena la boca de matices que nos invitan a viajar al campo donde nació la uva original y a recuperar recuerdos de ocasiones pasadas en las que ese vino estuvo presente. Incluso alguno de los matices puede ofrecernos el refugio cálido del recuerdo de una época que ya no teníamos presente.

La sombra es como un vino a su justa temperatura y en su justo punto de reposo. Por supuesto, si se sabe utilizar. Llenar una imagen de sombras u oscurecerla, sin más, no tiene mayor mérito que el del leñador que derriba árboles a golpes de su hacha. No hay habilidad ni hay delicadeza. Y si una cosa es la sombra en el arte, en la fotografía, es delicadeza.

La sombra  puede llegar a sustituir a la forma, tal y como la entendemos en occidente, cuando se domina su manejo y su elaboración, para componer a base de sugerencias, detalles y trazos incompletos que llaman a nuestros recuerdos y nos permiten componer la imagen en nuestra mente sin que esta esté plenamente “dibujada” en la imagen que contemplamos.

Si a estas alturas te estás preguntando si es mejor la sombra o la luz… Déjame que te diga que no hay una respuesta definitiva a eso. Porque, volviendo a las comparaciones, en fotografía la luz sería como la prosa y la sombra como la poesía. ¿Es una mejor que la otra? Sin duda que no. Hay maestros en uno y otro arte y leñadores en los dos. Eso sí, habría que reflexionar sobre qué fotografía queremos hacer, siempre o en cada momento, para discernir qué camino es el que más nos ayudará en nuestras ambiciones artísticas.

 

 

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