Primero la obra, luego la teoría.

 

Parece lógico pensar que antes de que una teoría artística nazca, tome cuerpo, se desarrolle y, si es el caso, se extienda a través de diferentes creadores, tendría que haber una obra primigenia que sustente y de cuerpo real a esa teoría. Pero, desgraciadamente, no es así. No es nada extraño encontrarse con teorías actuales que buscan, a cualquier precio, adaptar, aunque sea a “martillazos”, obras antiguas a sus planteamientos. Generalmente de autores ya desaparecidos.

Aunque también puede darse la variante de que quien se adscriba a esa teoría sin obra sean autores noveles, sin un recorrido solido, normalmente también sin obra solida, a los que no les importa ser incluidos en algo que ni han buscado, ni entienden, ni pretenden enriquecer. Simplemente se suman a algo que, creen, les dará notoriedad. Ver tu nombre impreso en un catalogo de tapa dura y tus fotografías colgadas en una pared es algo, sin duda, muy tentador.

Pero volviendo al inicio del post. Resulta curioso ver los documentos de introducción de los comisarios de algunas exposiciones en los que hablan, por ejemplo, de la nueva visión en clave feminista de la pintura del gótico alemán. Cuando algo como el feminismo, en aquella época, no era, si acaso, más que un sueño remoto de un número tan escaso de hombres y mujeres que, difícilmente, se repoblaría con ellos una aldea abandonada.

Por no hablar de esos textos, nuevamente escritos por comisarios en las presentaciones de las exposiciones que comisionan, en los que, en la mejor tradición del discurso político, rebosan los párrafos de expresiones altisonantes que, si alguien, con un mínimo de sentido común se parara a analizar, se daría cuenta de que no es más que una manera retorcida e inculta, aunque ellos piensen lo contrario, de intentar dar altura y categoría artística a algo que no la tiene.

Porque, por mucho que nos empeñemos, una teoría no es nada sin una obra que la encarne. Se pueden escribir miles de páginas sobre algo. Pero no será más que humo en un día de viento hasta que todas esas palabras se concreten en obra. Una obra que, por supuesto se rija por los planteamientos de esa teoría y, en base a ellos, incluso, los expanda. Pero no es razonable, ni correcto, en mi opinión, lo contrario: elaborar una teoría y luego buscar obras que se ajusten a ella. Porque eso, en la gran mayoría de los casos no es más que una maniobra comercial que, además, se ajusta a la moda imperante para intentar atraer público a las exposiciones que se generan a partir de ahí.

Y no seré yo el que diga que eso no se puede hacer. Cada comisario es libre de hacerse un nombre como le dé la gana y cada sala de llenar sus exposiciones como le parezca más conveniente. Pero de ahí a consentir con ello va un mundo.  Y crear una teoría y luego buscar obras que se ajusten a ella es, llanamente, una estafa. Porque por cada obra que, de verdad se ajuste a esa teoría de “sastre”, habrá cien que hayan nacido de otros planteamientos… o ninguno.

En definitiva, que esta corriente, que no hay más que buscar un poco en google las presentaciones de exposiciones de arte, para encontrar varias, no es más que una hija de la vulgarización extrema de la cultura que se vive desde hace unas décadas. Una cultura a la medida del consumidor. Un consumidor que quiere consumir cultura, no descubrirla. No quiere perturbaciones, quiere confirmaciones. Como el lector de periódicos que no quiere artículos críticos, quiere artículos que le reafirmen en su ideología y en su forma de ver el mundo.

Y en eso, tristemente, se ha convertido el arte actualmente: en una manera de hacer sonreír al visitante de las galerías, en vez de, como solía ser, una manera de perturbar el mundo conocido de ese visitante. Un arte condescendiente, amable, incluso cuando pretende ser transgresor, y de salón, donde solía ser una invitación a “terras ignotas” salvajes y oscuras.

 

 

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